Nos han enseñado a sentirnos culpables. Culpables por darnos una ducha larga, por
olvidar la bolsa reutilizable, o por no separar cada residuo a la perfección. Este
“nosotros”, presentado como un colectivo homogéneo responsable de la crisis
ambiental, es una narrativa peligrosa y a veces genera cierto sentido de culpa en la
sociedad, entre ellas, yo. Es difícil comparar la huella ambiental de alguien con pobreza
alimentaria, viajando en transporte público, con personas quienes renuevan su
guardarropa cada temporada en una gran ciudad moviéndose en su camioneta del año.
Recuerdo que esta crisis me resaltó durante una sequía de mayo de 2023 en la Ciudad
de México, se hacía mucha publicidad con la frase de: “Báñate en cinco minutos” y esa
afirmación me hizo sentir una gran responsabilidad y cuestionarme si realmente esta
ducha por la mañana estaba teniendo un gran impacto, pensando que sí, totalmente,
sabiendo la alta densidad de población de la capital. Y aún más, siendo consciente del
privilegio de vivir en una colonia céntrica en la cual cuento con agua de forma “normal”
la mayoría de los días, incluso los de mayo, sin embargo, sé que ese es un privilegio y
no todos en la ciudad tienen el gusto de sentir lo mismo, por lo que sentí que mi
responsabilidad era mayor.
La evidencia, sin embargo, iba en otra dirección. Según el Sistema Cutzamala (2023),
el cual abastece a una cuarta parte del Valle de México, el 76% del agua
concesionada en la cuenca está destinada a uso agrícola e industrial. Un análisis
de CartoCrítica basado en datos de la CONAGUA confirma que el uso público-urbano
(que incluye hogares, comercios y servicios) representa menos del 15 por ciento en
relación con el volumen asignado a grandes concesionarios y empresas, y me hizo
pensar un caso hipotético… si asumimos que todos en la ciudad tenemos a misma
disponibilidad de agua y aun así reducimos a la mitad el consumo de agua doméstica,
ya sea yendo menos al sanitario, alternar los días de baño (donde me bañe un día y
otro no), sólo podríamos considerar quizá un 8% de ahorro, un dato que me pareció
brutal, sabiendo también que gran parte del agua no se aprovecha y se acaba
dispersando en las fugas que hay por toda la ciudad o es usada con otros fines no
domésticos.
No, no es un llamado a la inacción. Reducir nuestro consumo personal es un acto de
coherencia. Pero debemos ser lúcidos sobre su escala. Tomemos el ejemplo del termo
de acero. Un Análisis de Ciclo de Vida (ACV) publicado en la revista
‘Environmental Research Letters’ indica que un termo de acero inoxidable debe
usarse entre 100 y 500 veces para compensar el impacto climático de una botella de
PET desechable, lo que quiere decir que se necesitaría usar en promedio todos los
días por al menos un año, eso sin considerar que hay personas que han empezado a
coleccionar termos como los “Stanley” para poder alternarlos con los colores y formas.
El consumo verde solo tiene sentido si es consciente, duradero y sustituye de verdad el
consumo desechable, además de que existe poca información sobre el ACV de
muchos productos de uso diario y poca educación ambiental respecto a este tema.
Este desequilibrio se replica a escala nacional en las emisiones de carbono. El
informe “Carbon Inequality in Latin America” de Oxfam dice que, en México, el
10% más rico de la población es responsable del 57% de las emisiones
nacionales de CO 2 .
Cambiando un poco de tema y describiendo una problemática diferente sobre el tema
de la desigualdad que se vive en el país, podemos hablar del tema de la movilidad
personal aérea. Según datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía
(INEGI), solo el 15% de la población mexicana cuenta con pasaporte. Esta cifra es
un poderoso indicador no sólo de viajes de ocio y diversión, sino que muestra de primer
instancia temas económicos, de vacaciones, laborales y de la huella ambiental, en el
fondo. Eso indica que una abrumadora mayoría de mexicanos probablemente nunca ha
pisado un avión, uno de los medios de transporte más contaminante por persona y
estás personas quizá a lo largo de su huella ambiental de su vida, tengas un número
superior vs alguien que si cuenta con un documento de este tipo.
Mientras, una élite económica y política opera en una realidad paralela en la cual se
utilizan elementos y transportes como los jets privados, donde un solo vuelo de hora y
media emite más CO 2 que el que produce un ciudadano promedio en todo un año. La
responsabilidad, entonces, no es democrática. Es una pirámide donde en la cúspide,
una minoría con un poder adquisitivo mayor acapara el privilegio de contaminar y
externaliza el costo ambiental sobre la mayoría. Y este fenómeno ocurre a grandes
medidas a nivel mundial, siendo los países del norte global los mayores responsables
de la crisis climática, como el ejemplo de Europa, donde si toda la población mundial
viviera con el estilo de vida promedio de un ciudadano, se necesitarían
aproximadamente 2.8 planetas Tierra para satisfacer la demanda de recursos
naturales.
¿Significa esto que no tenemos ninguna culpa? No. Significa que somos actores
secundarios en una obra cuyo guion lo escriben las personas con más capital. Un
modelo económico que beneficia a una élite la cual llega a tener tintes extractivistas y
nos bombardea con publicidad para mantenernos en un ciclo de comprar, desechar y
sentirnos vacíos.
La pregunta entonces se transforma. No es “¿reciclaste hoy?”, sino “¿a quién le
exiges transparencia hoy?”. Para la mayoría, la acción es sobrevivir dentro de un
sistema disfuncional. Para quienes tenemos el privilegio de elegir, la responsabilidad es
radicalmente mayor al usar nuestro poder de consumo, privilegio, educación, nuestro
voto y nuestra voz para intentar promover y buscar más soluciones de decrecimiento,
como lo postula el autor japonés Kohei Saito en su obra “El Capital en la Era del
Antropoceno”, su propuesta de un “comunismo del decrecimiento” el cuál plantea una
reorganización democrática de la sociedad. Este modelo aboga por producir y trabajar
menos, redistribuir la riqueza y priorizar las necesidades colectivas y la sostenibilidad
ecológica por encima de la acumulación de capital.
Nuestra tarea no es solo tomar duchas más cortas, sino cambiar el rumbo de una
maquinaria que avanza hacia el abismo. La verdadera sostenibilidad no se mide por lo
que renuncias, sino por los sistemas de justicia que decides construir.
